Mimetizada con la vida de La Cancha

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Teresa Villaruz es misionera laica de la Congregación de Maryknoll. Es natural de Estados Unidos. Sus padres son filipinos. Es de profesión profesora de Primaria. Después de haber realizado dos años de misión en Nairobi, Kenia; decidió ir a Bolivia por 5 años. Teresa es voluntaria a tiempo completo del Centro Hermano Manolo y su función es ser educadora en calle: visita a los niños, niñas y adolescentes en sus lugares de trabajo como también a sus familias y realiza visitas a los colegios.

No hay muchos trabajos donde se pueda despertar cada mañana y no tener idea de lo que se vendrá durante el día, pero aquellos de nosotros que tenemos la suerte de trabajar con niños, sabemos lo que nos promete cada día: un nuevo aprendizaje, una nueva amistad, un nuevo descubrimiento.

Típicamente como profesora, ese contexto siempre ha estado en el aula para mí, un caos muy controlado. Sin embargo, desde hace casi seis meses trabajo como educadora de calle con los Hermanos Cristianos en el Centro Hermano Manolo ubicado en Cochabamba, en una antigua estación de trenes, pegadito a La Cancha, uno de los mercados al aire libre más grandes de Sudamérica. Pensé que me rompería el corazón ver a los niños lustrar zapatos, vender caña de azúcar, cepillos de dientes, máquinas de afeitar, etc. Y a veces así me siento. Pero por lo que he visto, el mercado es su hogar. No es sólo el lugar donde trabajan, sino donde se alimentan, donde van a interactuar, a relajarse, a ver a un amigo, a matar ‘zombies’ en la computadora.

Si bien ofrecemos apoyo después de la escuela y el fútbol los sábados, nuestro verdadero trabajo es la relación y la conexión, algo que ha sido muy difícil para mí, una profesora orientada a obtener resultados, alguien que valora la medición del rendimiento en comprensión lectora y pruebas de matemáticas programadas. Desafortunadamente (o quizás afortunadamente), la amistad, la inversión y el amor tampoco son cuantificables.

Colgado de la pared de mi cocina, tengo una frase de Teilhard de Chardin que dice: “Sobre todo, confíen en el trabajo lento de Dios”. Nuestro trabajo en el centro no es llenar nuestra oficina o llevar a los niños a la universidad. Se trata de lo intangible: esas pequeñas sonrisas, alegrías y conversaciones en confianza.

Hay un joven mudo que asiste al centro, él se comunica a través del lenguaje de señas. Ninguno en el centro conoce ese lenguaje, y nos ha sido difícil comunicarnos con él. Sin embargo, un día, jugábamos Tic-Tac-Toe cuando él cogió una cuerda del suelo y lo tejió entre sus dedos, creando diseños diferentes. Trató de enseñarme a mi y a algunos de los niños vendedores que nos rodeaban, intentamos una y otra vez pero no logramos hacerlo como él, en ese instante algo mágico sucedió. Se creó un espacio sagrado alrededor de esta cuerda y ese joven que a menudo es ignorado o malentendido, y por un momento, fue el centro de la calle. Fue visto y reconocido. Nuestra falta de destreza y mi incapacidad para comunicarnos a través del lenguaje de señas o el español, en ese momento no importaban. Estábamos conectados y éramos uno en espíritu, unidos en amor alrededor de ese joven con una cuerda.

Como educadora de calle, gran parte de mi día me paso paseando por el mercado, saludando a los niños, preguntándoles acerca de sus familias y la escuela (si es que van a la escuela), jugando algo con ellos, deteniéndonos un momento, descansando del frenesí del trabajo.

Nuestra población es transitoria y como los niños definen sus propios horarios, podemos tener en la oficina entre cinco y veinticinco niños en una mañana. Esta falta de estabilidad me hace especialmente valorizar el tiempo con cada niño cuando los encuentro, porque nunca sé la próxima vez que los veré. Esta incertidumbre requiere más confianza en Dios y en la comunidad más grande de La Cancha, donde estos niños serán atendidos aunque no pueda verlos todos los días.

Recuerdo que una de las primeras veces que hice una visita a la calle por mi cuenta, una mujer que vendía fertilizantes vino a mí y me preguntó qué quería con el niño a quien estaba charlando. Le expliqué sobre el centro y ella me dijo que hace unas semanas un joven fue llevado y traficado por una pareja que dijo que quería ayudarlo, así que ya no confiaban en nadie. Cuando le di las gracias por su vigilancia al observar a los muchachos en la calle, ella dijo: “Somos vecinos. Si no somos nosotros, ¿quién?”

Hay algo sagrado que ocurre entre el ajetreo y el bullicio del mercado, algo mucho más profundo que las transacciones y las ventas, hay camaradería y un sentido de la familia que no esperaba y todavía me sorprende, y quizás aún más sorprendente es que haya sido bien recibida en esa familia, a pesar de mis malas habilidades lingüísticas y mis características marcadamente asiáticas.

Pero, la consistencia es algo gracioso. Porque de alguna manera, ya soy parte de este tejido de la Cancha junto a los niños y los vendedores, de modo que si estoy entrando en los cafés de internet para saludar a los niños o si estoy caminando por la calle, soy reconocida y conocida, y ese es un don por el que sigo dando gracias cada día al despertar.

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