La piedrita de Lusaka: La importancia de acercarse a la gente

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A veces cosas tan pequeñas e intrascendentes, como una piedrita, pueden tener un significado grande, y marcan tu vida para siempre.

 

Hace algunos años, antes de profesar mis votos finales, la congregación me envió a tomar un curso de preparación espiritual en Lusaka, Zambia. Pasé poco más de dos meses en tierras africanas, viviendo y compartiendo experiencias con hermanos y hermanas en una amplia propiedad de los Hermanos Cristianos casi en las afueras de la ciudad.

Con un gran contacto con la naturaleza, inmensos árboles, jardines, un clima maravilloso y la presencia de la noche estrellada era la invitación perfecta para un contacto grande con Dios. Yo estaba seguro que esa era una buena forma de encontrarme con Dios. Buena sí, pero incompleta.

Debido a mi limitación con el idioma inglés, y ante la necesidad de tener un acompañante espiritual, me propusieron visitar a un sacerdote mexicano. Hablar el mismo idioma y pertenecer a culturas parecidas hizo más fácil la comunicación y pude expresar mis sentimientos, vivencias y dudas ante este hombre, que por cuatro semanas se convirtió en un gran apoyo para mí.

Pero en esta vida todo tiene un precio. Y para visitar a mi amigo mexicano debía viajar, literalmente, al otro extremo de la ciudad, a un barrio muy pobre llamado Lilandee.

Tomaba dos minibuses de transporte público desde el lugar donde yo vivía, para llegar a la Parroquia de mi amigo sacerdote había que caminar casi 15 minutos entre calles sucias sin pavimentar, casas de adobe, saltar alguna acequia turbia, ver decenas de personas que se cruzaban en mi camino y me miran casi de pies a cabeza… eso para mi no era una experiencia muy grata.

Una cuadra antes de llegar a mi destino, rodeado de casas de adobe había un pequeño parque (bueno, una cancha de tierra) en el que siempre jugaban unos niños. Siempre estaban allí. Y yo pasaba rodeándolos apurando el paso tratando de evitar que me caiga un pelotazo en el cuerpo. Los niños me veían y me decían algo que yo no entendía, no respondía y seguía de frente. Total, no les conocía y no tenía por qué ser su amigo.

Y así durante casi un mes. Cuatro sábados de un mes. Yo pasaba por ese parque, los niños jugaban, me decían algo, yo seguía caminando; hasta que un día… el último de mi visita a ese barrio todo salió bien. Hablé con el sacerdote, luego tomamos un te, reímos un poco, y me despedí de aquel hombre con un gran abrazo.

Camino hacia la estación de minibuses pasé otra vez por el parque, los niños jugando, mi mirada fija en el horizonte, me dijeron algo, no respondí, seguí caminando, sentí que me seguían, volteo a ver: eran esos niños, me decían algo, no sé qué, apuré un poquito el paso mirando al frente, la gente que cruzaba conmigo me miraba de pies a cabeza, seguían hablando a mis espaldas, sentí vergüenza, sentí cólera, sentí…una piedrita que golpeó mi espalda.

Volteé la cabeza notablemente enfurecido. No había nadie, se habían esfumado. Solo los adultos que pasaban en ambas direcciones me miraban, algunos con una sonrisa en los labios… ¿quién me tiró esa piedrita? ¿por qué? ¿alguien me puede explicar?

Esa pequeña piedrita, lanzada por alguien que nunca vi me dio una gran lección, y marcó mi vida.

En el avión de regreso a casa, observando la inmensidad del océano desde la ventana sentía el alma llena de emociones: mi experiencia en África, las clases recibidas, los hermanos tan buenos, la gente, la ciudad, la naturaleza, la cultura, las eucaristías colmadas de cantos, todo tenía un gran valor. Pero nada movió tanto mi corazón como aquella piedrita. Aquella piedrita que, fuerte como una montaña, me hizo pisar la tierra al darme cuenta que las personas, la gente, especialmente las marginadas, aquellas a las que no miramos (o las que no queremos mirar) claman por nuestra atención. Un poquito, un momento, una sonrisa, una mirada…

Jesús y Edmundo hicieron eso: miraron a los más pequeños de la sociedad, se acercaron a ellos, conversaron, se hicieron amigos, entraron en sus vidas. Nuestro Camino Hacia el Futuro nos pide ser hombres con el corazón en la mano. Ser cercanos, amigos, hermanos de los demás. Puedo haber leído esto en documentos, charlas, conferencias, sermones, clases de teología… pero fue una piedrita, simple, pequeña, la que me hizo pisar tierra y valorar el encuentro humano y la importancia de acercarse a la gente, de estar con ellos, de hacerles saber que existen.

A veces cosas tan pequeñas e intrascendentes, como una piedrita, pueden tener un significado grande. A mí, una de esas, me marcó la vida para siempre.

El Hermano Alberto Llanos es educador, formador de novicios y actualmente vive en la comunidad de Cochabamba.