Dios en medio del desorden y el ruido

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Qué me iba a imaginar hace un año estar donde hoy estoy. Qué iba a pensar dejar mi tierra e ir a otra. Pero así son los caminos del Señor, muchas veces insondables, desconocidos, que mientras vas caminando en ellos se van tornando confiables y seguros. Esos caminos son los que me han traído aquí, a Bolivia desde hace más de siete meses. Esos caminos son los que me han permitido conocer otras realidades y a las personas que las viven; y de alguna manera compartir un momento su vida y sentir.

Guillermo, en el Centro Hermano Manolo

Soy Guillermo, novicio de los Hermanos Maristas. Peruano de nacimiento y de profesión profesor de Lengua y Literatura. Desde hace un tiempo sentí que el Señor me invitaba a algo diferente en mi vida a través de diversas experiencias pastorales; fue así que reconocí y acepté ese llamado y me dejé conducir por su mano hasta Bolivia y esta etapa de formación.

En este contexto de búsquedas y aprendizajes, se nos propuso realizar un apostolado fuera de nuestro carisma, en otras realidades; para ello se nos propusieron diversas opciones, pero algo me atrajo desde el primer momento del CeHM ¿Qué fue? No lo sé, quizás el intentar algo nuevo, ya que nunca había trabajado con la población con la que trabaja el CeHM. Sin embargo, decidí intentarlo, ya van cerca de siete meses que ingresé por primera vez a la estación de trenes en medio del bullicio de la Cancha a embarcarme en esta aventura iniciada por Edmundo Rice.

Debo aceptar que ingresé con miedos ¿Cómo va a ser esto? Primera vez que conocía a los Hnos. Cristianos y este trabajo. Sin embargo, el trato familiar y amable de ellos y los demás voluntarios que apoyan el proyecto me hizo sentir confianza. Después de todo no era el único nuevo allí.

Hasta ahora ha sido una experiencia muy buena y gratificante, más que yo aportar alguna cosa, siento que son los niños, niñas y adolescentes del CeHM quienes me enseñan martes a martes sobre la vida. La mayor parte de mi labor en el centro la realizo en la oficina; sin embargo, las pocas veces que he salido a recorrer la Cancha en busca de los niños, niñas y adolescentes para visitarlos en sus lugares de trabajo, regreso con un nudo en el corazón ¿Dónde queda la niñez de estos chicos? La sonrisa que esbozan en su rostro, muchas veces tímida, es un tesoro que debemos proteger ¿Cómo hacerlo? Soy consciente que no podemos erradicar esa realidad, muchas veces sus familias cuentan con lo poco que puedan ganar para poder sobrevivir, pero al menos considero que podemos contribuir unos minutos del día para que ellos olviden el trabajo y recuerden que son niños, niñas, que aún necesitan de protección y cuidado.

Tiempo de compartir

En éste último tiempo, los días martes me nombraron encargado de oficina, ayudo en la preparación del refrigerio de los chicos y en el refuerzo académico que se les brinda. Este espacio también es privilegiado, ya que entre las muchas tareas que les suelen dejar en la escuela, mientras vas ayudándoles, aprovechas para ir conversando y conociendo un poco más la historia personal de cada uno/a. Es una oportunidad de saber dónde trabajan, cómo les va en la escuela, sobre su familia y la realidad que viven en el día a día, también aprovecho para hacerlos reír y que se distiendan un poco. Esta experiencia ha sido interesante porque me ha invitado a no sólo enseñar mi especialidad, sino, a abrirme a otras como matemáticas, dibujo, computación e incluso manualidades.

3 Hermanos Maristas son voluntarios en el Centro Hermano Manolo

Sinceramente, disfruto cada martes que voy junto a dos hermanos más de mi comunidad, el compartir más que conocimientos, nuestro tiempo con los chicos. En este punto de mi apoyo en el CeHM, ya no queda nada de los miedos iniciales, el mismo aprecio de los chicos, la confianza de los voluntarios y hermanos, los han discipado.

Este tiempo compartido en el CeHM, ha sido de gran enriquecimiento personal. Muchas veces, es necesario tomar contacto con estas realidades para ver que hay otros ambientes frente a nosotros y que muchas veces no alcanzamos a ver, quizás por comodidad. Asistir al CeHM me hace ver a Dios encarnado en cada chico que va o al que vamos a su encuentro en las visitas, a Dios con una escobilla y un cajón, a Dios vendiendo plátanos o cargando bultos en medio de la Cancha. ¿Quién iba a pensar que ese contacto con Dios lo encontraría en medio de un lugar comercial, en medio del desorden y el bullicio, en medio de la Cancha, allí en un segundo piso de la estación de tren?

Solo me queda agradecer al Señor por esta experiencia y por tantos voluntarios que al igual que nosotros nos hacemos tiempo y hacemos con amor nuestro voluntariado.

En la oficina del Centro Hermano Manolo